
Estabamos uno frente al otro cuando en ese pequeño zulo apareció una víbora, la llamada de la muerte. Él dijo que era suya y que no me haría daño, pero... ambos sabiamos que una sola gota de su veneno sobre mi piel, me mataría.
De repente, sin previo aviso, ella adoptó su característica posición de ataque y, altiva y recia, abrió su boca mostrándome sus afilados colmillos. Bastaron tan solo 0,13 segundos para que él la cogiera y recibiera su brutal mordedura, que le llevaría a una muerte segura.
Él... me había salvado. En la fracción de segundo de que dispuso para decidir, había escogido mi vida ante la suya.
Y fue entonces, mientras el veneno recorría rapidamente sus venas, cuando giro su cabeza en mi busca y vio que sobre mi muñeca había saltado una gota de veneno y en mi mejilla se vertía una lágrima de realidad.
Ambos sabíamos que había intentado salvarme de él mismo, pero en esta ocasión la muerte, simplemente, había sido más astuta."
Y es que... necesito creer que a veces los sueños sólo son eso, sueños.